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La revolución silenciosa del servicio juvenil

Foto del escritor: Monica Monasterio
Monica Monasterio
24 ago
3 min de lectura

Durante años se ha repetido la idea de que las nuevas generaciones están cada vez menos comprometidas con el bien común. La menor participación en organizaciones tradicionales suele interpretarse como una pérdida de interés por servir a otros, sin embargo, la evidencia reciente invita a revisar esa conclusión. Quizás el problema no sea la falta de compromiso juvenil, sino que seguimos buscando el servicio en los mismos lugares y con las mismas formas de hace décadas.

En marzo, AP News informó sobre una encuesta realizada por Gallup y The Allstate Foundation, según la cual cerca de ocho de cada diez jóvenes entre 12 y 25 años había participado en alguna forma de servicio o voluntariado. La cifra resulta llamativa porque contradice la percepción de apatía que suele atribuirse a esta generación y además muestra un cambio en la manera de entender el servicio.

Para muchos adolescentes y jóvenes, servir ya no significa necesariamente pertenecer a una institución o participar ocasionalmente en campañas organizadas, por el contrario aparece integrado en la vida cotidiana como ayudar a un compañero con una tarea, organizar una colecta, movilizar apoyo para una causa o coordinar una iniciativa comunitaria, todas son acciones menos visibles para las estadísticas tradicionales, pero igualmente capaces de producir un impacto real.

El informe también revela que los jóvenes desean generar cambios concretos y valoran especialmente las experiencias presenciales, pero frecuentemente encuentran barreras en programas excesivamente rígidos, con horarios difíciles, procesos burocráticos o escasas posibilidades de participación activa. En contraste, organizaciones como la Cruz Roja de Estados Unidos han logrado aumentar significativamente la presencia de voluntarios de la Generación Z al ofrecer clubes autogestionados y formatos mucho más flexibles, donde los propios jóvenes diseñan, organizan y lideran las iniciativas.

Durante mucho tiempo el voluntariado fue concebido como una actividad a la que las personas se incorporaban para ejecutar tareas previamente definidas por otros y hoy muchos jóvenes esperan algo distinto, quieren participar en las decisiones, aportar ideas, resolver problemas y comprobar que su contribución produce un efecto visible. En otras palabras, no solo desean ayudar, sino también ejercer agencia.

Esta diferencia es importante para comprender el desarrollo juvenil, debido a que el servicio no solo beneficia a quienes reciben ayuda sino también transforma a quien sirve. Es uno de los pocos espacios donde un adolescente descubre que puede influir positivamente en el mundo, experimentar que sus acciones tienen consecuencias y desarrollar un sentido de propósito que difícilmente se adquiere consumiendo contenido o acumulando logros individuales, por lo tanto aprenden responsabilidad, su empatía es fortalecida, sus redes de apoyo se amplían y su identidad se construye basada en la contribución.

Por eso, cuando las oportunidades de voluntariado se reducen a cumplir instrucciones sin margen para crear, decidir o liderar, se pierde gran parte de su potencial formativo, por eso la pregunta ya no debería ser por qué los jóvenes no participan como antes, sino si las instituciones continúan ofreciendo experiencias pensadas para una realidad que ha cambiado.

Este desafío interpela especialmente a familias, colegios, iglesias y organizaciones sociales, porque en lugar de diseñar programas donde los jóvenes ocupen únicamente el rol de ejecutores, resulta más pertinente crear espacios donde puedan asumir responsabilidades reales, movilizar a otros, comunicar proyectos y observar el impacto concreto de sus decisiones. La evidencia sugiere que el compromiso social juvenil no está desapareciendo, está adoptando formas más flexibles, relacionales y cercanas a la vida cotidiana.

Comprender esta transformación permite mirar a la Generación Z desde una perspectiva distinta. Más que una generación desinteresada, encontramos jóvenes que desean involucrarse cuando el servicio conecta con relaciones significativas, problemas reales y oportunidades auténticas de liderazgo, por esto el desafío para las instituciones no consiste tanto en convencerlos de servir, sino en aprender a construir experiencias donde ese deseo encuentre un lugar para desarrollarse.

Quizás la mayor enseñanza de esta evidencia sea que el servicio sigue siendo una de las escuelas más poderosas para formar personas capaces de cuidar a otros y de construir comunidad. Lo que está cambiando no es la vocación de servir, sino el formato en que las nuevas generaciones están dispuestas a vivirla, quienes comprendan esa transformación no solo atraerán más voluntarios también contribuirán a formar jóvenes con mayor propósito, resiliencia y esperanza, precisamente los recursos que más necesita nuestra sociedad.


Fuentes consultadas

AP News: A new poll finds young volunteers embrace informal, everyday acts of service. So do some nonprofits

 
 
 

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