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Cuando los jóvenes desaparecen de las redes… no desaparecen de Internet

  • Foto del escritor: Monica Monasterio
    Monica Monasterio
  • 14 ago
  • 5 min de lectura

Durante años, gran parte de la conversación sobre adolescentes y tecnología ha girado en torno a una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué red social usan los jóvenes? Cada cierto tiempo surge una nueva plataforma, los adultos intentan comprenderla, aparecen preocupaciones sobre sus riesgos y, poco después, la atención se desplaza hacia la siguiente aplicación de moda.

Sin embargo, esa forma de entender la vida digital comienza a ser insuficiente. La evidencia reciente sugiere que el verdadero desafío ya no consiste en seguir el nombre de la plataforma más popular, sino en comprender qué necesidades humanas están satisfaciendo los distintos espacios digitales, debido a que los adolescentes no buscan Instagram, TikTok o Roblox en si, sino que buscan amistad, identidad, reconocimiento, creatividad, pertenencia y diversión, y aunque las plataformas cambien esas necesidades no lo hacen.

Por eso, las nuevas regulaciones sobre el acceso de menores de edad a las redes sociales no parecen estar marcando el final de la cultura digital juvenil, más bien, están impulsando la migración hacia formas distintas de habitar Internet.

Esta idea fue desarrollada en un análisis publicado por Vogue el 2 de julio, que examinó el posible impacto cultural de las prohibiciones de redes sociales para menores de 16 años impulsadas en países como el Reino Unido, Australia y los Emiratos Árabes Unidos. Lejos de anticipar la desaparición de las subculturas juveniles, el artículo plantea una hipótesis diferente: las comunidades de adolescentes probablemente continuarán existiendo, pero comenzarán a reorganizarse fuera de los grandes feeds públicos.

En lugar de concentrarse en plataformas donde la experiencia consiste principalmente en consumir contenido, muchos jóvenes podrían desplazarse hacia espacios mucho más interactivos y participativos, como Roblox, Minecraft o Fortnite, además de grupos privados, comunidades especializadas y entornos digitales mucho menos visibles para quienes observan desde fuera.

Esta lectura encuentra respaldo en otra señal importante. A mediados de junio, The Verge informó sobre las medidas anunciadas por el gobierno británico, que incluyen la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años, junto con restricciones para transmisiones en vivo, el contacto con desconocidos en determinados espacios digitales y algunas funciones íntimas de los chatbots.

Durante mucho tiempo imaginamos el ecosistema digital como una enorme plaza pública donde todo ocurría a la vista de todos, hoy esa imagen resulta insuficiente porque Internet se parece cada vez más a una ciudad inmensa, compuesta por miles de barrios distintos, cada uno con normas, culturas, lenguajes y formas de relacionarse propias. Y los adolescentes llevan años moviéndose entre esos barrios con una naturalidad que muchos adultos todavía no logran comprender.

Esta realidad tiene consecuencias importantes para quienes acompañan a niños, adolescentes y jóvenes, porque con frecuencia centramos nuestra atención en identificar cuál es la plataforma más peligrosa del momento, sin embargo, esa estrategia suele llegar tarde, ya que cuando una aplicación comienza a preocupar al mundo adulto, muchas veces los jóvenes ya están explorando otros espacios, y el verdadero problema no es que cambien de plataforma, sino que la identidad, las amistades, el humor, el reconocimiento, la creatividad y la presión social se mueve con ellos.

Un adolescente puede abandonar Instagram y seguir construyendo su autoestima dentro de un videojuego, puede dejar TikTok y continuar encontrando comunidad en un servidor privado, puede reducir drásticamente el tiempo en redes sociales y seguir experimentando la misma presión por pertenecer dentro de un grupo de gaming, un espacio de fandom o una comunidad creativa.

Esto significa que limitar el acceso a una plataforma puede ser una medida útil en determinados contextos, pero difícilmente resolverá el problema si no comprendemos qué función cumplía ese espacio en la vida del joven. Porque ellos no abandonan una necesidad simplemente porque cambia el lugar donde intentaban satisfacerla.

Esta constatación invita a replantear también la manera en que hablamos sobre educación tecnológica, porque durante años, gran parte de esta se centró en enseñar normas de uso: cuánto tiempo permanecer conectado, qué información compartir, cómo configurar la privacidad o qué riesgos evitar, todo eso sigue siendo necesario pero hoy parece insuficiente.

Comprender la vida digital exige comenzar a hacer preguntas diferentes, hoy no basta con solo preguntar cuánto tiempo estuvo conectado un adolescente, sino mas bien ¿qué tipo de experiencia vivió?, ¿ese espacio le permitió aprender algo?, ¿lo hizo sentir acompañado?, ¿despertó su creatividad?, ¿lo ayudó a descansar?, ¿lo dejó más ansioso?, ¿sintió presión por compararse con otros?, ¿pudo ser él mismo o tuvo que interpretar un personaje? entre otras, estas preguntas desplazan la conversación desde el tiempo hacia la experiencia y la persona.

Ese cambio de enfoque resulta especialmente relevante para quienes trabajan en salud mental juvenil, porque el bienestar digital no depende únicamente del número de horas frente a una pantalla, depende sobre todo, de la calidad de las relaciones, de las emociones que esos espacios generan y del lugar que ocupan dentro de una vida equilibrada. Por eso, una misma plataforma puede convertirse en un espacio profundamente protector para un joven y en una experiencia altamente desgastante para otro.

No es la tecnología, por sí sola, la que determina el resultado, es la interacción entre la persona, sus necesidades, su contexto y la forma en que utiliza esa tecnología.

Quizá la enseñanza más importante de esta transformación sea que los adultos necesitamos dejar de perseguir aplicaciones para empezar a comprender ecosistemas.

Los jóvenes ya no viven únicamente entre lo digital y lo presencial, habitan mundos híbridos, donde una conversación iniciada en un videojuego continúa en el colegio, donde una amistad nacida en una comunidad online termina encontrándose cara a cara y donde una experiencia presencial se prolonga durante días mediante grupos, memes, videos y conversaciones digitales, y la frontera entre ambos mundos es cada vez más difusa y precisamente por eso, el desafío no consiste en elegir entre uno u otro, sino en ayudar a que ambos se integren de manera saludable.

Esto abre oportunidades muy concretas, una de ellas consiste en invitar a preadolescentes, adolescentes y jóvenes a elaborar un verdadero "mapa de sus lugares digitales", identificando dónde conversan, crean, juegan, aprenden, compiten, descansan o buscan compañía; otra consiste en reemplazar la pregunta "¿cuánto tiempo estuviste conectado?" por conversaciones más profundas acerca de lo que cada espacio les dejó: ideas, presión, inspiración, compañía, cansancio, creatividad o vergüenza, entre otras.

Al mismo tiempo, resulta cada vez más importante ofrecer experiencias presenciales capaces de responder a las mismas necesidades que los jóvenes buscan satisfacer en Internet, espacios donde puedan crear, jugar, colaborar, compartir intereses comunes, desarrollar proyectos, explorar el gaming acompañado, participar en comunidades de fandom, hacer música, diseñar o simplemente encontrarse sin presión y por último es necesario formar a padres, docentes, líderes y voluntarios para comprender las funciones sociales que cumplen los distintos entornos digitales, más allá del nombre de cada plataforma.

La evidencia reciente sugiere que la cultura digital juvenil no está desapareciendo, sino que está cambiando de forma, los grandes feeds públicos comienzan a perder protagonismo, mientras emergen comunidades más pequeñas, más interactivas y, muchas veces, menos visibles para el mundo adulto.

Comprender este cambio exige mirar más allá de las aplicaciones, porque al final, los adolescentes nunca estuvieron buscando simplemente una plataforma lo que siempre han estado buscando es exactamente lo mismo que todas las generaciones antes que ellos: un lugar donde construir identidad, encontrar amigos, expresar quiénes son y sentir que pertenecen.

Y esa búsqueda, aunque cambien las pantallas, sigue siendo profundamente humana.


Fuentes consultadas

Vogue: Will the Social Media Ban Be the Death Knell of Teen Style Subculture or Its Revival?

The Verge: UK announces social media ban for under-16s

 
 
 

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