El lugar que falta: por qué la salud mental también necesita un lugar donde encontrarse
- Monica Monasterio
- 12 ago
- 5 min de lectura
Cuando pensamos en la soledad, casi siempre la entendemos como una experiencia individual, imaginamos a una persona aislada, con pocos amigos, triste o desconectada de quienes la rodean. Desde esa perspectiva, las soluciones suelen centrarse en fortalecer habilidades personales: aprender a comunicarse mejor, desarrollar resiliencia, mejorar la autoestima o buscar apoyo psicológico.
Todo eso es importante, sin embargo, una pregunta comienza a ganar fuerza en la investigación sobre bienestar: ¿qué ocurre cuando el problema no es solo que las personas tengan dificultades para relacionarse, sino que cada vez existen menos lugares donde esas relaciones puedan surgir?
La conversación sobre la soledad está cambiando precisamente en esa dirección. Poco a poco dejamos de verla únicamente como un problema emocional para comprenderla también como un problema de infraestructura social, no basta con enseñar a las personas a construir vínculos si la sociedad va eliminando los espacios donde esos vínculos podían nacer y crecer de manera natural.
El 5 de julio, Axios publicó un reportaje sobre el deterioro de los llamados third places o "terceros lugares": aquellos espacios que existen fuera del hogar y del trabajo, como iglesias, bibliotecas, cafés, centros comunitarios, clubes deportivos o sedes vecinales. El artículo recoge una investigación realizada en 2025 que detectó una disminución importante de estos espacios entre 2019 y 2021, advirtiendo que su desaparición no solo afecta la vida social, sino también el bienestar físico, mental y cognitivo de las personas. Más que una noticia sobre urbanismo, este hallazgo ofrece una nueva forma de comprender la salud mental.
Durante décadas hemos invertido enormes esfuerzos en estudiar qué ocurre dentro de las personas y hoy comenzamos a mirar también qué ocurre entre las personas, porque el bienestar psicológico no depende únicamente de los recursos internos de cada individuo también depende de la calidad de los entornos donde transcurre su vida cotidiana.
No es casualidad que la investigación destaque a los llamados bookends of life, los extremos del ciclo vital: adolescentes, jóvenes y adultos mayores, como los grupos más afectados por esta pérdida. Ambos comparten una característica fundamental: necesitan espacios donde las relaciones puedan construirse lentamente, los primeros están formando su identidad y los segundos buscan mantener su sentido de pertenencia. Cuando esos lugares desaparecen, ambos grupos quedan especialmente expuestos al aislamiento.
En el caso de los adolescentes, esta realidad resulta especialmente llamativa. Nunca una generación había tenido tantas posibilidades de contacto y, al mismo tiempo, tan pocos lugares para simplemente estar con otros. Los jóvenes conversan durante horas mediante aplicaciones, participan en múltiples redes sociales y mantienen cientos de contactos digitales, sin embargo, muchos de ellos tienen enormes dificultades para encontrar espacios donde reunirse sin consumir, sin competir, sin producir contenido o sin sentirse permanentemente observados.
Esta diferencia es más importante de lo que parece, porque un contacto no es necesariamente una relación, una conversación no siempre construye confianza y una comunidad digital no reemplaza completamente la experiencia de compartir un espacio físico donde las personas aprenden, poco a poco, a conocerse, a esperar, a cuidar y a dejarse cuidar.
Los terceros lugares ofrecían precisamente eso, permitían encontrarse sin necesidad de justificar la presencia. Eran espacios donde era posible llegar sin una invitación formal, permanecer sin consumir y regresar una y otra vez hasta que los rostros desconocidos se transformaban en conocidos y, con el tiempo, en amigos.
Cuando estos lugares desaparecen, la pertenencia comienza a desplazarse hacia espacios privados, comercializados o completamente digitales, las relaciones dejan de ser una experiencia cotidiana para convertirse en una actividad que requiere recursos económicos, planificación o una conexión permanente a plataformas tecnológicas y poco a poco, la comunidad deja de ser un bien común para transformarse en un privilegio o en un producto.
Y cuando pertenecer cuesta más, también cuesta más pedir ayuda. Esta conexión resulta especialmente relevante para quienes trabajan en salud mental juvenil.
Con frecuencia pensamos que la prevención ocurre únicamente cuando aparecen programas especializados, campañas de sensibilización o consultas psicológicas, sin embargo, buena parte de la prevención sucede mucho antes de que exista una crisis. Comienza cuando un adolescente encuentra un lugar donde alguien nota su ausencia si deja de asistir, cuando un adulto aprende su nombre, cuando una rutina semanal le recuerda que pertenece a una comunidad y cuando descubre que existen personas con quienes puede conversar antes de que los problemas se vuelvan insoportables.
La salud relacional no se construye solamente mediante grandes intervenciones, se construye mediante la repetición de encuentros sencillos.
Por eso, iglesias, colegios, fundaciones, bibliotecas, centros juveniles y organizaciones comunitarias adquieren hoy un valor que muchas veces pasa desapercibido, sostienen la posibilidad de que las relaciones aparezcan con naturalidad.
En una cultura donde tantas interacciones están mediadas por pantallas, velocidad y rendimiento, ofrecer un lugar estable, hospitalario y predecible puede convertirse en uno de los actos preventivos más importantes que una comunidad puede realizar.
Esto no significa que estos espacios sustituyan la atención profesional cuando una persona enfrenta un trastorno de salud mental, sería un error plantearlo así, pero sí pueden fortalecer varios de los factores protectores que la evidencia reconoce como fundamentales: vínculos significativos, rutinas estables, presencia de adultos confiables, sentido de pertenencia, apoyo mutuo y detección temprana de dificultades.
Quizá una de las lecciones más profundas de esta conversación es que la soledad no siempre se combate enseñando a las personas a ser menos solitarias. A veces se combate construyendo lugares donde la amistad tenga la oportunidad de aparecer.
Eso obliga también a revisar cómo evaluamos nuestras comunidades.
Con frecuencia medimos el éxito por la cantidad de asistentes a un evento, sin embargo, quizá las preguntas más importantes sean otras: ¿las personas vuelven?, ¿se sienten recibidas?, ¿conocen a alguien por su nombre?, ¿se mezclan distintas generaciones?, ¿es un lugar donde resulta fácil quedarse aunque uno no conozca a nadie?
La verdadera fortaleza de una comunidad rara vez se mide por el tamaño de sus reuniones, se mide por la calidad de las relaciones que nacen dentro de ellas. Por eso, las oportunidades de acción son claras: conviene revisar si los espacios existentes son realmente accesibles en términos de costo, horarios, transporte y clima relacional, crear encuentros de baja presión y alta continuidad, como tardes abiertas, mesas de conversación, estudio acompañado, clubes de lectura, jornadas de juegos o actividades musicales, evaluar no solo la asistencia, sino también la recurrencia, la mezcla generacional y la calidad de la acogida y reconocer que iglesias, bibliotecas, centros juveniles y sedes comunitarias constituyen una verdadera infraestructura preventiva para el bienestar emocional.
La evidencia reciente nos recuerda algo que la vida comunitaria siempre había sabido, pero que quizá habíamos olvidado: las relaciones necesitan lugares.
Y en una época marcada por la fragmentación, el aislamiento y la aceleración, recuperar esos lugares puede ser una de las formas más concretas y silenciosas de cuidar la salud mental de una generación.
Fuentes consultadas
Axios: A loneliness epidemic collides with eroding third places

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