El primer trabajo ya no es el rito que era: ¿qué está enseñando a los jóvenes a hacerse cargo?
Durante décadas, el primer trabajo fue mucho más que una manera de ganar dinero. Para muchos adolescentes era una especie de rito de entrada a la vida adulta: aprender a llegar a la hora, recibir instrucciones de alguien que no era ni un padre ni un profesor, equivocarse frente a un cliente, cobrar por primera vez, cumplir aunque hubiera cansancio y descubrir que el mundo también funciona con responsabilidades que nadie negocia por ti. Era, en muchos sentidos, una escuela imperfecta de autonomía.
Pero esa experiencia está cambiando. Pew Research Center estimó que un 35,5% de los adolescentes estadounidenses de 16 a 19 años trabajó al menos parte del verano de 2026. Aunque la cifra aumentó respecto de 2025, continúa muy lejos de los veranos anteriores al año 2000, cuando más de la mitad de los adolescentes trabajaba. Al mismo tiempo, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos registró que un 53,8% de los jóvenes de 16 a 24 años estaba empleado en julio de 2026, con un desempleo juvenil de 9,1%. La señal, entonces, no es simplemente que “los jóvenes trabajan menos”sino que algunas experiencias que antes enseñaban responsabilidad están siendo desplazadas, fragmentadas o retrasadas.
Y aquí conviene tener cuidado con una interpretación demasiado rápida porque decir que la Gen Z “no quiere trabajar” es una explicación cómoda, pero bastante pobre porque también puede estar ocurriendo lo contrario: algunos jóvenes están evitando empleos precarios, abusivos o mal pagados, mientras otros encuentran formas diferentes de asumir responsabilidades. En América Latina, además, la conversación es distinta porque el desafío no pasa principalmente por recuperar el antiguo rito del trabajo de verano, sino por abrir caminos hacia un trabajo decente. La OIT ha señalado que las personas jóvenes de 15 a 24 años enfrentan en la región una desocupación aproximadamente tres veces superior a la adulta y una informalidad 1,3 veces mayor. CEPAL, por su parte, muestra que la transición entre escuela y trabajo está atravesada por desigualdades, cuidados no remunerados y acceso desigual a la protección social.
Por eso, quizás la pregunta más interesante no sea si los jóvenes están trabajando, sino dónde están aprendiendo a hacerse cargo de algo que depende de ellos. Porque la autonomía no se desarrolla únicamente recibiendo un sueldo, también aparece cuando alguien confía en nosotros una tarea real y espera que la cumplamos y esto puede ocurrir en un deporte, en un voluntariado donde exista responsabilidad verdadera, en un pequeño emprendimiento, en el trabajo familiar, cuidando a un hermano o familiar, organizando una comunidad digital, creando contenido o participando en una práctica educativa o mentoría. Ninguna de estas experiencias reemplaza automáticamente al trabajo, pero todas pueden ofrecer algo que la escuela difícilmente puede enseñar por sí sola: la experiencia concreta de que nuestras decisiones tienen consecuencias y de que otras personas cuentan con nosotros.
Esto también cambia la conversación adulta porque si un joven empieza a trabajar más tarde, no necesariamente estamos frente a una generación menos responsable. Pero tampoco deberíamos asumir que la autonomía aparecerá espontáneamente cuando llegue el momento de estudiar, trabajar o vivir solo. La responsabilidad necesita práctica y necesita oportunidades donde alguien diga: “confío en ti, esto está en tus manos”. El desafío es encontrar esas oportunidades sin romantizar la explotación ni convertir la precariedad en una supuesta escuela de carácter.
Tal vez estamos perdiendo un antiguo rito, pero eso no significa que tengamos que perder aquello que el rito enseñaba y la pregunta que tal vez deberíamos hacernos es qué espacios estamos creando para que los jóvenes puedan experimentar responsabilidad, equivocarse, reparar, perseverar y descubrir que son capaces de contribuir. El problema no es que todos los adolescentes deban trabajar, el problema sería que una generación llegue a la adultez sin haber tenido suficientes experiencias en las que alguien confiara en ellos con algo real.
Quizás el verdadero rito de paso no era el primer sueldo sino que era descubrir que alguien podía contar contigo y esa experiencia todavía la necesitamos.

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