top of page
Buscar

Leer por gusto se vuelve una habilidad contracultural

  • Foto del escritor: Monica Monasterio
    Monica Monasterio
  • 7 ago
  • 5 min de lectura

Vivimos en una cultura donde casi todo compite por nuestra atención. Cada día recibimos cientos de estímulos: videos de pocos segundos, notificaciones constantes, titulares breves, imágenes que desaparecen rápidamente y algoritmos diseñados para mantenernos siempre desplazándonos hacia el siguiente contenido. Desde este punto de vista, leer un libro por gusto comienza a parecer una actividad casi fuera de época, sin embargo, quizá sea precisamente por eso que hoy resulta más importante que nunca.

La lectura por placer está dejando de ser un hábito cotidiano entre los adolescentes, y esa transformación tiene consecuencias que van mucho más allá del rendimiento escolar. Lo que está cambiando no es solamente la cantidad de libros que leen los jóvenes, sino también la forma en que desarrollan su atención, construyen significado, interpretan sus emociones y comprenden la experiencia humana.

En una sociedad que privilegia la velocidad, la lectura sostenida comienza a convertirse en una práctica contracultural y, precisamente por ello, puede transformarse en uno de los hábitos más protectores para el desarrollo intelectual, emocional y relacional de las nuevas generaciones.

Los datos recientes respaldan esta preocupación. El 10 de junio, AP News informó los resultados más recientes del National Center for Education Statistics de Estados Unidos, aunque el reporte confirma el estancamiento de los puntajes en lectura y matemáticas entre estudiantes de 13 años, uno de los datos más significativos aparece fuera de los exámenes, solo el 14% de los adolescentes de 13 años afirma leer por diversión todos los días, una cifra muy inferior al 27% registrado en 2012.

La noticia suele presentarse como un problema educativo, y ciertamente lo es, porque una menor práctica lectora afecta la comprensión de textos, el aprendizaje y el desempeño académico, sin embargo, detener el análisis únicamente en ese punto sería pasar por alto una transformación cultural, porque cuando disminuye la lectura por placer, no solo desaparece un pasatiempo también pierde espacio una actividad que entrena capacidades fundamentales para desenvolverse en el mundo, esto porque leer exige detenerse, obliga a sostener la atención durante períodos prolongados, invita a imaginar aquello que no está representado visualmente, pide convivir con la incertidumbre de una historia que no entrega todas sus respuestas de inmediato y requiere paciencia en una época que premia la inmediatez. En otras palabras, la lectura educa una forma distinta de estar en el mundo.

Mientras gran parte del entorno digital fragmenta la atención en intervalos cada vez más breves, un libro invita a realizar el movimiento contrario: permanecer.

Ese entrenamiento resulta extraordinariamente valioso para adolescentes y jóvenes que crecen rodeados de estímulos diseñados para interrumpir constantemente su concentración.

Pero el aporte de la lectura no termina allí, debido a que leer también amplía el vocabulario emocional, ya que comprendemos aquello que somos capaces de nombrar y cuando el lenguaje para describir nuestras emociones es limitado, también lo es nuestra capacidad para comprenderlas y expresarlas. La literatura ofrece precisamente ese regalo: pone palabras donde muchas veces solo había sensaciones confusas.

Un personaje puede experimentar miedo, vergüenza, esperanza, culpa, duelo, alegría o incertidumbre de maneras que permiten al lector reconocer aspectos de su propia vida que todavía no había logrado identificar, por eso la lectura no solo desarrolla habilidades cognitivas también fortalece la vida interior.

Cada historia permite ensayar perspectivas distintas de la propia, durante unas horas habitamos otras biografías, conocemos otras culturas, comprendemos motivaciones diferentes y descubrimos que el mundo puede verse desde muchos lugares distintos.

La lectura enseña empatía mediante experiencias, nos permite acompañar personajes que piensan diferente, sufren distinto o enfrentan circunstancias completamente ajenas a las nuestras, esa práctica silenciosa fortalece la comprensión de la complejidad humana y reduce la tentación de simplificar a las personas.

Quizás por eso la disminución de la lectura es una alarma importante desde la salud mental, porque la lectura fortalece varios recursos que ayudan a enfrentar el sufrimiento emocional.

La concentración profunda permite escapar, aunque sea por un momento, de la lógica de la hiperestimulación permanente, la imaginación ofrece alternativas cuando la realidad parece estrecha, la paciencia ayuda a tolerar procesos que no tienen soluciones inmediatas, la narrativa permite ordenar la propia experiencia y construir sentido a partir de ella, todos estos elementos constituyen recursos psicológicos valiosos para cualquier persona, especialmente durante la adolescencia, una etapa donde la identidad todavía se encuentra en construcción.

Existe además otro aspecto que suele pasar inadvertido, y es que para muchos adolescentes es difícil hablar directamente sobre sí mismos, las preguntas demasiado personales pueden generar incomodidad, vergüenza o sensación de exposición, sin embargo, hablar sobre un personaje resulta mucho más sencillo.

Preguntar por qué alguien tomó determinada decisión, cómo enfrentó una pérdida o qué habría hecho el lector en esa situación permite iniciar conversaciones profundas sin obligar inmediatamente a revelar la propia intimidad.

En ese sentido, la lectura compartida se convierte en una herramienta extraordinaria para quienes trabajan con jóvenes porque, un cuento, una novela gráfica, un poema o una biografía pueden abrir conversaciones sobre identidad, amistad, fe, esperanza, duelo o propósito de una forma mucho más natural que muchas preguntas directas.

Por eso resulta importante evitar un error frecuente: transformar la lectura en una obligación moral.

Cuando los jóvenes leen poco, la respuesta no puede ser avergonzarlos ni presentar los libros como una tarea adicional, el desafío consiste más bien en reconstruir el gusto por leer, eso implica ofrecer materiales diversos, permitir que los propios adolescentes participen en la elección de las lecturas, incorporar formatos atractivos como novelas gráficas, cuentos breves, poesía o biografías, y generar espacios donde leer no se asocie únicamente con evaluación escolar.

También significa integrar pequeños momentos de lectura en la vida comunitaria, diez minutos al comenzar un taller, una historia antes de una conversación grupal o recomendaciones de libros entre pares pueden convertirse en oportunidades sencillas para recuperar un hábito que se ha ido debilitando.

No se trata de competir contra las pantallas, sino de ofrecer una experiencia distinta, porque los libros suelen acompañar durante años, invitan a la reflexión, se convierten en un acto deliberado de lentitud y esa lentitud puede ser precisamente lo que muchos adolescentes necesitan.

Para terminar, la disminución de la lectura por placer representa mucho más que un cambio en los hábitos culturales de una generación, refleja una transformación en la manera en que los jóvenes aprenden a concentrarse, imaginar, comprender emociones y construir significado.

Los datos muestran que cada vez menos adolescentes leen por gusto todos los días, pero el verdadero desafío no consiste únicamente en aumentar esa cifra, consiste en reconocer todo lo que la lectura aporta al desarrollo humano y que difícilmente puede ser reemplazado por otros formatos de consumo.

Leer fortalece la atención, enriquece el lenguaje emocional en un tiempo donde muchas experiencias resultan difíciles de nombrar, amplía la empatía en medio de las diferencias y ofrece espacios seguros para conversar sobre aquello que muchas veces cuesta expresar directamente.

Quizá por eso leer por gusto se está convirtiendo en una habilidad contracultural, no porque vaya contra la tecnología o porque pertenezca al pasado, sino porque recupera capacidades profundamente humanas que se han debilitado en nuestra cultura actual.

Promover la lectura entre adolescentes y jóvenes no significa formar únicamente mejores estudiantes, significa contribuir a formar personas con mayor capacidad para comprender el mundo, interpretar su propia historia, sostener conversaciones profundas y encontrar palabras para aquello que viven.

En nuestra sociedad quizá abrir un libro siga siendo uno de los actos más sencillos, y al mismo tiempo más transformadores para cuidar la salud intelectual y emocional de las nuevas generaciones.


Fuentes consultadas

AP News: Teens' reading and math scores have stagnated, US test results show

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
La revolución silenciosa del servicio juvenil

Durante años se ha repetido la idea de que las nuevas generaciones están cada vez menos comprometidas con el bien común. La menor participación en organizaciones tradicionales suele interpretarse como

 
 
 

Comentarios


bottom of page