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Cuando la ayuda llega tarde, la prevención ya perdió demasiado

  • Foto del escritor: Monica Monasterio
    Monica Monasterio
  • 23 jul
  • 4 min de lectura

Actualizado: 6 ago

Hablar de salud mental juvenil suele llevarnos casi de inmediato a pensar en psicólogos, psiquiatras, hospitales y tratamientos especializados y es una asociación lógica porque cuando un adolescente atraviesa una depresión profunda, presenta conductas autolesivas o vive una crisis suicida, necesita atención profesional, sin embargo, la evidencia más reciente nos obliga a mirar un problema más amplio ¿Qué ocurre cuando los sistemas especializados ya no alcanzan para responder a quienes los necesitan?

La pregunta no es menor porque en distintos países, la demanda por atención en salud mental infantil, adolescente y juvenil está creciendo con una velocidad que supera la capacidad de respuesta de los servicios disponibles y cuando eso sucede, aparece una realidad difícil y es que muchas personas llegan a pedir ayuda, pero deben esperar semanas, meses o incluso años para recibirla. En ese escenario, la prevención deja de ser un complemento deseable y pasa a convertirse en una necesidad estructural.

El 29 de junio, The Guardian informó que durante el período 2024-2025 más de un millón de niños y adolescentes mantuvieron una derivación activa a servicios de salud mental en Inglaterra, esta cifra prácticamente duplica los registros observados entre 2018 y 2019 representando un aumento cercano al 10% respecto del año anterior y la ansiedad constituye actualmente la principal causa de derivación.

Pero el aumento de la demanda es solo una parte del problema porque el tiempo de espera agrava aún más la situación. Algunos jóvenes pueden permanecer más de dos años esperando el acceso a servicios especializados, precisamente durante una etapa del desarrollo en la que los cambios emocionales, familiares y sociales ocurren con enorme rapidez, estos dos años representan una parte significativa de la adolescencia.

El reportaje recoge además la evaluación de la Children's Commissioner y de diversos especialistas, quienes coinciden en que ampliar únicamente la capacidad clínica ya no resulta suficiente, la respuesta requiere un enfoque mucho más integrado, donde salud, educación y comunidad trabajen de manera coordinada para intervenir antes de que el sufrimiento alcance niveles críticos.

Aunque estas cifras corresponden al contexto inglés y no pueden extrapolarse automáticamente a América Latina o a Chile, reflejan una tendencia que merece nuestra atención. En numerosos países, los servicios especializados enfrentan una presión creciente, miles de adolescentes viven dificultades emocionales que no siempre encuentran apoyo oportuno y la atención depende exclusivamente del sistema clínico, generando que muchas personas terminan ingresando a largas listas de espera precisamente cuando más necesitan ser acompañadas.

Sin embargo, el aprendizaje más importante de esta evidencia no consiste únicamente en constatar que faltan profesionales sino que una sociedad no puede construir toda su estrategia de salud mental esperando que los problemas lleguen hasta la consulta.

Existe una tendencia cultural a imaginar la prevención como una campaña de sensibilización o una charla ocasional, pero prevenir significa más que eso, significa construir condiciones que hagan menos probable que el sufrimiento evolucione hasta convertirse en una crisis.

La mayoría de los adolescentes no pasan de un día para otro del bienestar absoluto a una emergencia de salud mental, habitualmente existe un recorrido previo, muchas veces silencioso, como cambios en el sueño, aislamiento progresivo, pérdida de interés, dificultades para expresar emociones, sensación de no pertenecer, conflictos familiares persistentes o la percepción de que nadie comprende lo que están viviendo y todas estas pueden ir debilitando poco a poco su equilibrio emocional.

Por supuesto, ninguna de estas señales explica por sí sola la aparición de una depresión, las autolesiones o el riesgo suicida, sería irresponsable reducir experiencias tan complejas a una única causa, pero sí muestran que la protección rara vez comienza durante la crisis, sino que comienza mucho antes.

Se construye cuando un adolescente encuentra adultos disponibles que saben escuchar sin juzgar, cuando participa en comunidades donde siente que es parte, cuando desarrolla un lenguaje para nombrar sus emociones, cuando mantiene rutinas que favorecen el descanso, vínculos que ofrecen apoyo y espacios donde puede sentirse útil para otros, todos estos factores no reemplazan la atención clínica cuando esta resulta necesaria, pero muchas veces reducen la probabilidad de que el sufrimiento avance sin que nadie lo advierta.

Precisamente por eso, cuando los sistemas especializados se encuentran sobrecargados, los entornos cotidianos adquieren una importancia aún mayor, esto no significa trasladar responsabilidades clínicas hacia familias, profesores, líderes juveniles o voluntarios porque ellos no están llamados a diagnosticar ni a realizar tratamientos especializados, sin embargo, su papel es diferente y muy valioso porque pueden reconocer cambios preocupantes, generar conversaciones donde el sufrimiento pueda expresarse sin vergüenza, ofrecer una primera escucha respetuosa y activar oportunamente las redes de apoyo disponibles; muchas veces la diferencia entre una intervención temprana y una crisis grave no depende de un diagnóstico brillante, sino de que alguien haya estado suficientemente cerca para notar que algo estaba cambiando.

Esta comprensión también modifica la forma en que entendemos la infraestructura de salud mental, tradicionalmente pensamos en hospitales y centros especializados, pero una comunidad también construye infraestructura preventiva cuando forma adultos capaces de escuchar, mantiene rutas de derivación claras, fortalece las amistades saludables, promueve el descanso, genera espacios de pertenencia y enseña a pedir ayuda antes de que el sufrimiento resulte insoportable.

La experiencia reciente de Inglaterra recuerda que ningún sistema sanitario puede sostener por sí solo el bienestar emocional de toda una generación, la atención especializada seguirá siendo indispensable, pero nunca será suficiente si se convierte en el único lugar donde esperamos que ocurra el cuidado.

Tal vez la enseñanza más importante sea esta que una sociedad protege verdaderamente la salud mental de sus adolescentes no solo cuando aumenta el número de consultas disponibles, sino cuando construye comunidades donde el sufrimiento puede ser visto antes de convertirse en una emergencia, porque cuando la ayuda especializada llega tarde, la prevención ya no consiste en intervenir más rápido, consiste en haber estado presentes mucho antes.


Fuentes consultadas

The Guardian: England facing children’s mental health ‘crisis’ as referrals hit 1m

 
 
 

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