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Crecer acompañado empieza a ser un privilegio

Foto del escritor: Monica Monasterio
Monica Monasterio
hace 10 minutos
5 min de lectura

Durante años, el debate sobre infancia y tecnología ha estado dominado por una pregunta que parece inevitable: ¿cuánto tiempo pasan los niños, adolescentes y jóvenes frente a una pantalla?. Esa preocupación ha dado forma a innumerables conversaciones, sin embargo, a medida que la inteligencia artificial (IA) comienza a integrarse de manera cada vez más natural en la vida cotidiana, esa pregunta empieza a quedarse corta. La evidencia reciente sugiere que el desafío más importante ya no consiste únicamente en medir el tiempo que los niños pasan utilizando tecnologías, sino en preguntarnos quién continúa estando realmente presente para acompañarlos mientras crecen.

Durante mucho tiempo pensamos que la principal brecha digital consistía en el acceso a dispositivos o a internet pero hoy comienza a aparecer otra forma de desigualdad, mucho más silenciosa: la diferencia entre quienes siguen creciendo rodeados de relaciones humanas estables y significativas, y quienes, cada vez con mayor frecuencia, encuentran en sistemas automatizados parte del acompañamiento que antes ofrecían las personas. La verdadera pregunta ya no es solamente qué herramientas utilizan los niños, adolescentes y jóvenes, sino cuánto acceso siguen teniendo a conversaciones, miradas, tiempo compartido y adultos capaces de acompañar su desarrollo.

Esta reflexión encuentra respaldo en una entrevista publicada por Axios el 14 de julio sobre el libro Human Raised, de Dana Suskind, pediatra e investigadora de la Universidad de Chicago. En ella, la autora plantea que el crecimiento de juguetes, tutores y asistentes basados en IA podría dar origen a dos trayectorias muy distintas para la infancia, por un lado, niños que continúan desarrollándose rodeados de interacción humana significativa y por otro, niños que pasan cada vez más tiempo siendo educados y entretenidos mediante tecnologías capaces de responder con rapidez, pero incapaces de establecer vínculos reales.

Lo interesante es que Suskind no construye su argumento desde una oposición a la tecnología sino que su preocupación es la posibilidad de que estas comiencen a reemplazar experiencias humanas que cumplen un papel insustituible en el desarrollo infantil. El problema, por tanto, no es tecnológico, sino relacional y esta distinción resulta especialmente importante porque la incorporación de la IA al hogar no está ocurriendo de manera lenta.

La misma publicación recoge una encuesta de Common Sense Media según la cual casi el 30% de los padres de niños entre 0 y 8 años afirma que sus hijos ya utilizan herramientas de aprendizaje basadas en IA. La velocidad con que estas tecnologías están ingresando a la vida cotidiana supera, en muchos casos, la velocidad con que las familias, las escuelas y la sociedad están construyendo criterios para decidir cuándo enriquecen el aprendizaje y cuándo comienzan a sustituir interacciones fundamentales.

La preocupación tampoco apunta a responsabilizar a las familias, porque muchas enfrentan jornadas laborales extensas, altos niveles de estrés, escaso tiempo disponible y múltiples responsabilidades, por esto, cualquier herramienta que prometa aliviar parte de esa carga resulta atractiva. Precisamente por eso, el planteamiento de Suskind adquiere tanta fuerza: la cuestión es quién puede seguir ofreciendo atención humana de calidad cuando el tiempo se vuelve un recurso escaso y es aquí donde el debate se vuelve interesante, porque la atención humana suele entenderse como un gesto de cariño o una expresión de buena voluntad, cuando en realidad constituye uno de los pilares sobre los cuales se construye el desarrollo, los niños no aprenden únicamente porque reciben información aprenden porque esa información ocurre dentro de una relación.

El lenguaje se desarrolla porque alguien responde cuando un niño habla, la regulación emocional aparece porque un adulto interpreta un llanto antes de que existan las palabras para describirlo, la confianza nace cuando alguien está disponible de manera consistente y predecible, incluso habilidades tan complejas como la empatía, la autorregulación o la capacidad de comprender las emociones propias encuentran buena parte de sus raíces en miles de pequeñas interacciones cotidianas que parecen insignificantes, pero que moldean silenciosamente el cerebro y la personalidad.

Desde esta perspectiva, leer un cuento antes de dormir, responder con paciencia una pregunta, jugar algunos minutos o sostener una conversación durante la comida dejan de ser actividades accesorias y constituyen parte de la infraestructura del desarrollo humano.

Por eso, la IA no puede evaluarse únicamente por la calidad de las respuestas que entrega sino también por las experiencias que desplaza cuando comienza a ocupar espacios que antes pertenecían al encuentro entre personas. Un asistente puede explicar una tarea, responder una curiosidad o contar una historia pero no puede ofrecer la experiencia de sentirse conocido por alguien, percibir una mirada que comprende el contexto emocional o construir la confianza que solo surge cuando otra persona está presente una y otra vez.

Esta diferencia es digna de ser discutida porque la próxima gran desigualdad podría estar relacionada con el acceso a relaciones humanas significativas, o sea, habrá niños que crecerán rodeados de adultos disponibles para escuchar, jugar, enseñar y acompañar y otros dispondrán de tecnologías capaces de responder casi cualquier pregunta, pero incapaces de ofrecer reciprocidad, presencia y vínculo.

Esa posibilidad obliga a ampliar la forma en que entendemos la prevención y el bienestar infantil, porque durante años hemos preguntado qué aplicaciones utilizan los niños, adolescentes y jóvenes o cuánto tiempo permanecen conectados y tal vez sea igual de importante comenzar a preguntar quién conversa con ellos sin mirar el reloj, quién les lee un cuento, quién interpreta sus emociones, quién celebra sus pequeños logros y quién permanece disponible cuando necesitan sentirse comprendidos.

Estas preguntas no buscan idealizar una infancia sin tecnología porque sabemos que la IA puede convertirse en una herramienta extraordinariamente útil para aprender, explorar conocimientos o aliviar parte de la carga que enfrentan muchas familias y educadores, el desafío consiste en evitar que esa utilidad termine reemplazando aquello que precisamente hace posible el desarrollo humano.

Porque enseñar nunca ha consistido únicamente en transmitir información, también implica observar, esperar, contener frustraciones, permitir equivocaciones, reconocer necesidades que todavía no pueden expresarse con palabras y ofrecer seguridad suficiente para que un niño se atreva a explorar el mundo, ninguna de esas tareas ocurre únicamente mediante datos todas requieren una relación.

En consecuencia, el verdadero desafío que plantea la expansión de la IA no es decidir si debemos usarla o no, sino asegurarnos de que nunca sustituya aquello que solo una persona puede ofrecer, además mientras más sofisticadas se vuelvan las herramientas digitales, más valiosa será la presencia humana capaz de escuchar sin prisa, acompañar sin condiciones y construir vínculos duraderos.

Esta realidad representa una oportunidad para crear espacios donde la atención humana sea el centro de la experiencia, como la lectura compartida, el juego libre con adultos presentes, las mentorías, los talleres en grupos pequeños y las conversaciones sin distracciones dejen de ser actividades complementarias para convertirse en estrategias de prevención y desarrollo.

Antes de proponer cambios, conviene reconocer el cansancio, la falta de tiempo y la complejidad que enfrentan muchas familias, desde allí es posible ayudar a distinguir cuándo una herramienta tecnológica complementa el aprendizaje y cuándo comienza a sustituir experiencias esenciales para la construcción de vínculos. Del mismo modo, los programas educativos y comunitarios pueden revisar sus procesos de innovación para asegurar que la incorporación de nuevas tecnologías nunca reduzca los momentos de conversación, observación, juego y cuidado cara a cara.

La evidencia reciente nos invita a replantearnos que quizás el futuro de la infancia no dependa únicamente de cuán inteligentes lleguen a ser las máquinas, sino de cuánto logremos proteger aquello que las máquinas nunca podrán reemplazar por completo. En una época fascinada por la automatización, la atención humana comienza a revelarse como uno de los recursos más escasos, más valiosos y más determinantes para el bienestar de niños y adolescentes, porque, al final, crecer no consiste simplemente en recibir respuestas. Consiste en descubrir que existe alguien dispuesto a recorrer las preguntas junto a nosotros.


Fuentes consultadas

Axios: Human attention is childhood's next digital divide

 
 
 

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