El peso invisible del estigma juvenil: el miedo a pedir ayuda
Hay algo paradójico en la forma en que hablamos hoy sobre salud mental, porque nunca se había hablado tanto de ansiedad, depresión, estrés o bienestar emocional y, sin embargo, para muchos adolescentes y jóvenes reconocer que están sufriendo sigue siendo extraordinariamente difícil. Saber que existe un problema no significa necesariamente sentirse libre para hablar de él y entre ambas cosas existe una barrera menos visible, pero profundamente poderosa: el estigma.
El estigma aparece cuando una dificultad de salud mental deja de ser entendida como una condición que puede afectar a una persona y comienza a convertirse en una etiqueta sobre quién es esa persona, no es solamente pensar que alguien está enfermo, puede expresarse en prejuicios, burlas, miedo, discriminación, exclusión o incluso en la idea interiorizada de que pedir ayuda significa ser débil, diferente o incapaz. En la adolescencia, una etapa en la que la pertenencia y la mirada de los demás es sumamente importante, esa barrera puede adquirir consecuencias particularmente importantes.
El artículo de Núñez y colaboradores, publicado en BMJ Open, parte precisamente de esta preocupación. Los autores señalan que los problemas de salud mental son frecuentes durante la adolescencia y la juventud, pero que una parte importante de quienes los experimentan no accede oportunamente a ayuda, siendo el estigma uno de los obstáculos que pueden dificultar ese acceso.
Esto permite comprender algo fundamental: el problema no termina cuando una persona reconoce que necesita ayuda, a veces comienza allí una segunda batalla y es decidir si puede decirlo en voz alta.
Para un adolescente, esa decisión no ocurre en el vacío, puede preguntarse qué pensarán sus amigos, si sus padres se preocuparán demasiado, si sus compañeros lo mirarán de otra manera o si un profesor comenzará a tratarlo como alguien frágil. Incluso puede aparecer una forma de estigma más silenciosa: la que la propia persona dirige contra sí misma. Cuando alguien comienza a creer que su sufrimiento dice algo negativo sobre su valor, su capacidad o su futuro, pedir ayuda puede sentirse como una confirmación de aquello que más teme.
La investigación distingue justamente entre diferentes formas de estigma, incluyendo el estigma público, la discriminación estructural, el estigma interpersonal y el denominado autoestigma y todas estas pueden afectar la autoestima, la sensación de capacidad personal y las relaciones con los demás.
Aquí aparece una de las ideas más importantes para quienes acompañamos a adolescentes: una cultura puede tener servicios de salud mental disponibles y, aun así, dificultar que los jóvenes los utilicen. Tener psicólogos, programas escolares o líneas de ayuda no garantiza que una persona se atreva a utilizarlos, si el entorno comunica que hablar de salud mental es vergonzoso, exagerado o propio de personas débiles, la existencia de recursos no elimina la barrera.
Por eso, combatir el estigma no consiste únicamente en entregar información, si bien la educación es importante porque permite conocer más sobre salud mental, sobre los mitos y los prejuicios, no necesariamente transforma por sí sola la manera en que las personas se comportan. El artículo señala que las intervenciones educativas han mostrado resultados positivos especialmente en conocimiento y actitudes, mientras que la evidencia sobre cambios conductuales, como buscar ayuda, ha sido más limitada e inconclusa.
Esta distinción es profunda porque podemos enseñar durante una hora qué es la depresión y, aun así, un adolescente puede seguir sintiendo vergüenza de decir que está deprimido y podemos explicar qué es un trastorno de ansiedad y, sin embargo, alguien puede continuar pensando que debería ser capaz de manejarlo solo.
Entonces, ¿qué puede cambiar realmente una cultura?
La evidencia revisada por los autores identifica tres caminos utilizados para reducir el estigma: cuestionar públicamente los mensajes que lo alimentan, proporcionar educación que contradiga los prejuicios y generar contacto con personas que han experimentado problemas de salud mental. Este último elemento es especialmente interesante porque permite reemplazar una imagen abstracta por una experiencia humana concreta.
Cuando dejamos de hablar de "los enfermos mentales" y comenzamos a conocer personas que han atravesado dificultades emocionales, el lenguaje cambia. Ya no estamos hablando de una categoría distante, sino de compañeros, hermanos, padres, profesores o amigos, personas completas, con capacidades, proyectos, vínculos y dificultades, como cualquier otra.
Esto también obliga a revisar cómo construimos los espacios de prevención porque si queremos que un adolescente pida ayuda antes de que su sufrimiento se vuelva insoportable, necesitamos que existan lugares donde hacerlo no implique perder pertenencia. La familia, el colegio, las comunidades de fe, los grupos juveniles y las organizaciones sociales pueden convertirse en esos lugares, pero solamente si el joven percibe que será escuchado sin ser reducido a su problema.
La prevención, entonces, no consiste únicamente en detectar síntomas, también consiste en construir una cultura donde pedir ayuda sea una conducta de cuidado y no una confesión de fracaso.
Esto es especialmente relevante porque muchas intervenciones eficaces para adolescentes pueden desarrollarse en contextos educativos y comunitarios, y algunas han mostrado ser accesibles y aceptables para jóvenes y sus familias. El desafío está en que estos espacios no terminen convirtiéndose ellos mismos en lugares donde el adolescente tema ser etiquetado.
Hay, además, una precaución necesaria, ya que el documento analizado no presenta todavía los resultados finales, por eso, no sería correcto presentar sus conclusiones como si fueran resultados definitivos. Pero justamente su planteamiento permite formular una pregunta que sigue siendo urgente: ¿qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes no tengan que elegir entre sufrir en silencio o exponerse a ser juzgados?
Quizás una de las transformaciones más importantes comienza con algo aparentemente sencillo: cambiar nuestras respuestas. Frente a un adolescente que dice "no estoy bien", podemos reaccionar intentando solucionar inmediatamente el problema, minimizándolo o interrogándolo y también podemos escuchar; frente a alguien que necesita atención profesional, podemos transmitir que buscar ayuda es una forma responsable de cuidarse y frente a los comentarios que ridiculizan la salud mental, podemos decidir no participar de ellos.
Porque una comunidad saludable no es aquella donde nadie tiene problemas, es aquella donde las personas pueden reconocerlos sin perder su lugar dentro de ella.
La salud mental juvenil necesita profesionales, tratamientos y servicios accesibles, pero también necesita algo que ninguna consulta puede proporcionar por sí sola: un entorno donde pedir ayuda sea socialmente seguro. Reducir el estigma significa hacer que un adolescente pueda decir "necesito ayuda" sin sentir que acaba de revelar algo que lo hace menos valioso ante los demás.
Tal vez esa sea una de las tareas preventivas más importantes que podemos asumir como adultos. No esperar a que los jóvenes tengan el valor de romper solos el silencio, sino construir comunidades en las que hablar sea cada vez menos aterrador, porque antes de que un joven pueda recibir ayuda, muchas veces necesita descubrir algo todavía más básico: que pedirla no lo convierte en alguien diferente, simplemente lo convierte en alguien que decidió no enfrentar su sufrimiento en soledad.
Fuentes consultadas
Crockett, M. A., Núñez, D., Martínez, P., Borghero, F., Campos, S., Langer, Á. I., Carrasco, X., & Martínez, V. (2025). Psychiatry interventions to reduce mental health stigma in young people: A systematic review and meta-analysis. JAMA Network Open, 8(1), e2454730. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2024.54730

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