La comunidad está cambiando de forma
Durante los últimos años se ha instalado una idea que parece repetirse con frecuencia y es que los adolescentes y jóvenes ya no quieren reunirse con otros. Las cifras sobre el aumento del tiempo frente a las pantallas, la disminución de algunas formas tradicionales de socialización y la preferencia por permanecer en casa parecen confirmar esa percepción, sin embargo, cuando observamos con mayor atención lo que está ocurriendo, emerge una realidad interesante y es que quizá los jóvenes no están renunciando a la comunidad, sino lo que están cuestionando es la forma en que esta suele construirse.
Esta distinción es importante porque cambia la conversación, si interpretamos que la nueva generación simplemente "ya no quiere salir", probablemente responderemos insistiendo en que participen más, organizando más actividades o culpando a la tecnología por el aislamiento, pero si comprendemos que muchos siguen anhelando vínculos significativos, aunque buscan experiencias diferentes para construirlos, entonces aparece una oportunidad para repensar cómo acompañamos la vida comunitaria.
A comienzos de 2026, Eventbrite publicó el estudio Reset to Real, en el que mostró que el 79% de los jóvenes entre 18 y 35 años planeaba asistir a más eventos durante el año y más de la mitad de los participantes manifestó preferir espacios donde socializar no fuera el objetivo principal, sino algo que ocurriera de manera natural mientras las personas compartían una actividad. El interés parecía desplazarse desde los eventos altamente producidos hacia encuentros más sencillos, participativos, locales y auténticos.
Al mismo tiempo, durante las últimas semanas diversos medios financieros difundieron resultados de una encuesta de Harris que muestran que muchos adultos de la Generación Z están pasando más fines de semana en casa y entre las razones aparecen el aumento del costo de vida, el cansancio acumulado y la dificultad para sostener una vida social presencial como la de generaciones anteriores.
A primera vista, ambas noticias parecen contradictorias ¿cómo es posible que una generación quiera asistir a más eventos y, al mismo tiempo, salga menos?, la respuesta probablemente sea que la necesidad de comunidad permanece intacta, mientras cambian las condiciones bajo las cuales las personas están dispuestas a construirla.
Durante décadas, la vida social juvenil estuvo asociada a ciertos formatos bastante definidos: fiestas, bares, grandes reuniones o actividades donde el principal propósito era interactuar con otras personas, sin embargo, muchos jóvenes parecen estar diciendo algo distinto. No necesariamente quieren dejar de encontrarse con otros, lo que desean es hacerlo en espacios donde no deban gastar grandes cantidades de dinero, consumir alcohol para sentirse integrados o sostener permanentemente una versión atractiva de sí mismos frente al resto, de esta forma la comunidad deja de ser una actuación para volver a convertirse en una experiencia compartida.
Quizá por eso comienzan a ganar relevancia actividades como caminatas, talleres creativos, clubes de lectura, voluntariado, deportes recreativos, ferias, juegos de mesa o clases grupales, no porque estas actividades sean extraordinarias, sino porque permiten que la conversación aparezca sin presión. Cuando dos personas plantan árboles, cocinan juntas, arman un rompecabezas o participan en un proyecto comunitario, el vínculo se construye mientras ambas miran en una misma dirección y muchas veces resulta más fácil hablar profundamente cuando la conversación no es una obligación, sino una consecuencia natural de compartir una experiencia.
Este cambio tampoco puede entenderse sin considerar el contexto económico porque el estudio global de Deloitte identifica el costo de vida como la principal preocupación para la Generación Z y los millennials. En ese escenario, la forma de participar en la vida social necesariamente cambia porque salir deja de ser solamente una decisión personal y pasa a depender también del presupuesto disponible. Sin embargo, reducir este fenómeno únicamente a una cuestión económica sería insuficiente.
Lo que estas señales parecen revelar es que se está produciendo un cambio y ahora muchos jóvenes parecen valorar espacios donde no sea necesario demostrar nada y donde pertenecer sea más importante que impresionar. Quizá por eso Eventbrite identifica un crecimiento en actividades participativas como intercambios de ropa, plantación de árboles, arreglos florales y competencias de rompecabezas, todas son experiencias donde el centro deja de ser la imagen proyectada y vuelve a ser la actividad compartida.
Este fenómeno también dialoga con investigaciones que muestran el valor del servicio comunitario y de las experiencias colaborativas para fortalecer el sentido de pertenencia y la resiliencia. Cuando los jóvenes hacen algo significativo junto a otros, no solo ocupan su tiempo libre sino que también construyen confianza, desarrollan identidad, descubren propósito y fortalecen vínculos que pueden convertirse en importantes factores protectores para su salud mental.
Todo esto nos hace cambiar la perspectiva porque todavía las conversaciones sobre bienestar se concentran en disminuir el tiempo frente a las pantallas cuando tal vez debieran redirigirse hacia buscar alternativas suficientemente atractivas para ofrecerles fuera de ellas, porque no basta con pedir que abandonen espacios digitales si el mundo presencial continúa siendo costoso, poco acogedor o excesivamente demandante. Desde este punto de vista la prevención del aislamiento no consiste únicamente en limitar el uso de los dispositivos sino que también requiere construir lugares donde las personas realmente quieran estar.
Conviene evitar conclusiones apresuradas porque estas investigaciones no permiten afirmar que todos los jóvenes rechacen la vida nocturna ni que cualquier actividad tranquila sea automáticamente mejor para la salud mental y tampoco podemos atribuir este cambio a una única causa. Sin embargo, las distintas evidencias convergen en una misma dirección: la necesidad de pertenecer permanece, pero las formas de construir comunidad están cambiando.
Quizá estamos asistiendo al surgimiento de una generación que ya no necesita grandes escenarios para sentirse acompañada, sino que encuentra más valor en hacer algo junto a otros, que busca espacios donde pueda ser auténtica sin sentir que debe interpretar un personaje, competir por atención o demostrar constantemente su éxito.
Para nosotros los adultos, el desafío ya no consiste únicamente en organizar más actividades, sino en crear experiencias accesibles, constantes, seguras y sencillas, donde las relaciones puedan crecer con naturalidad. Porque, al final, muchas de las amistades más profundas no comenzaron en un gran evento ni en una conversación perfectamente planificada sino que comenzaron simplemente haciendo algo juntos.
Fuentes consultadas
Eventbrite, “Social Study: Reset to Real”, 14 de enero de 2026. https://www.businesswire.com/news/home/20260114088488/en/Eventbrites-Inaugural-Social-Study-Report-Reveals-the-Reset-to-Real-How-Gen-Z-and-Millennials-Are-Redefining-Live-Experiences-in-2026
Deloitte, “2026 Gen Z and Millennial Survey”, 13 de mayo de 2026. https://www.deloitte.com/global/en/about/press-room/deloitte-2026-gen-z-and-millennial-survey.html
MarketWatch, “Gen Z stays home almost every weekend...”, 30 de julio de 2026. https://www.marketwatch.com/story/gen-z-stays-home-almost-every-weekend-because-going-out-isnt-worth-the-money-64f03227
Investopedia, “Gen Zers Want To Go Out — They Just Can’t Afford It”, 31 de julio de 2026. https://www.investopedia.com/gen-z-wants-to-go-out-but-they-can-t-afford-it-12029328

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