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Los terceros lugares y las artes vuelven a parecer infraestructura preventiva

Foto del escritor: Monica Monasterio
Monica Monasterio
7 oct
4 min de lectura

Cuando se habla del bienestar de adolescentes y jóvenes, la conversación suele centrarse en aspectos individuales como la salud mental, las habilidades socioemocionales, el uso de pantallas o las relaciones familiares. Sin embargo, existe una dimensión que durante mucho tiempo ha permanecido en segundo plano y que hoy comienza a recuperar protagonismo y son los lugares donde ocurre la vida cotidiana. No solo las personas moldean a una generación también lo hacen los espacios que hacen posible el encuentro entre ellas.

Durante décadas existieron lugares donde era natural permanecer sin necesidad de consumir, competir o justificar estar ahí, bibliotecas, iglesias, clubes deportivos, centros comunitarios, talleres artísticos o casas de la cultura ofrecían algo más que actividades, proveían relaciones estables y la posibilidad de encontrarse una y otra vez con las mismas personas, eran escenarios donde la confianza podía crecer lentamente, donde un adolescente podía descubrir un talento, encontrar un mentor o simplemente sentirse parte de una comunidad.

Hoy esa infraestructura social comienza a debilitarse, Axios advirtió que el progresivo deterioro de los llamados third places, los terceros lugares, es decir, espacios de encuentro fuera del hogar, del colegio o universidad y del trabajo, coincide con el aumento de la soledad. El reportaje recoge investigaciones que muestran una disminución significativa en la disponibilidad de estos espacios entre 2019 y 2021, además de evidenciar que su acceso continúa siendo desigual según el territorio, el nivel educativo y la ruralidad.

De manera complementaria, The Guardian informó en junio que el 87 % de los jóvenes británicos entre 18 y 30 años considera que hoy dispone de menos oportunidades presenciales para conectar con otros, desarrollar confianza y expresar su creatividad fuera de la escuela o el trabajo, más de la mitad identifica la falta de espacios comunitarios seguros como una barrera importante para su desarrollo. El reportaje relaciona esta percepción con el cierre de servicios juveniles, el aumento de los costos de participación y la desaparición de lugares que tradicionalmente favorecían la construcción de identidad, el aprendizaje de habilidades y el fortalecimiento de la comunidad.

Estos datos invitan a mirar el problema desde una perspectiva distinta porque durante años hemos pensado la soledad principalmente como una experiencia emocional: sentirse solo, desconectado o incomprendido, pero la evidencia sugiere que también existe una dimensión estructural. Las personas no solo necesitan habilidades para relacionarse también necesitan lugares donde esas relaciones puedan surgir y mantenerse.

Esta diferencia es fundamental porque una comunidad no aparece espontáneamente porque las personas deseen pertenecer. La pertenencia necesita un espacio físico, un ritmo compartido y oportunidades repetidas para que la confianza crezca y cuando esos lugares desaparecen, las relaciones se vuelven más frágiles y dependen cada vez más de encuentros ocasionales o de plataformas digitales, donde la interacción suele estar mediada por algoritmos, rendimiento social o consumo constante.

Para los adolescentes esta realidad tiene un impacto aún mayor porque la identidad no se construye únicamente mediante grandes experiencias, sino también a través de pequeñas repeticiones como volver cada semana al mismo lugar, encontrarse con las mismas personas, aprender lentamente una habilidad, equivocarse sin ser juzgado y descubrir que otros recuerdan nuestro nombre, ese tipo de experiencias resulta difícil de reproducir en entornos donde todo cambia rápidamente y donde la permanencia depende de la novedad.

En este contexto, las artes adquieren un valor que trasciende la expresión estética, la música, el teatro, la pintura, la escritura, la fotografía o la danza no solo desarrollan creatividad también generan un motivo para reunirse, colaborar, practicar con paciencia y construir algo junto a otros. Enseñan que el crecimiento requiere tiempo, que el talento se forma mediante la constancia y que el valor de una persona no depende únicamente de su capacidad para exhibirse.

Por eso es importante que muchos jóvenes perciban hoy una disminución de los espacios donde pueden crear y encontrarse fuera de las obligaciones académicas o laborales, lo que parece una pérdida cultural también representa una pérdida relacional. Cuando desaparecen los lugares donde las personas pueden compartir procesos creativos, también disminuyen las oportunidades de formar amistades profundas, descubrir vocaciones y experimentar el sentido de pertenencia que surge al construir algo en común.

Esta realidad interpela especialmente a iglesias, fundaciones, colegios y organizaciones comunitarias, porque durante años, algunos de estos espacios han tendido a compararse con el atractivo inmediato del entretenimiento digital, asumiendo que nunca podrán competir con él, sin embargo, esa comparación parte de un supuesto equivocado. Su mayor fortaleza no consiste en ofrecer más estímulos, sino en ofrecer aquello que el entorno digital difícilmente puede reemplazar que es esa presencialidad estable, relaciones duraderas, recuerdos compartida y la posibilidad de ser conocido tal cual son.

Un centro juvenil donde siempre hay alguien dispuesto a conversar, una biblioteca donde los jóvenes regresan semana tras semana, un taller artístico donde diferentes generaciones trabajan juntas o una iglesia que mantiene abiertas sus puertas para algo más que actividades programadas constituyen mucho más que servicios para la comunidad, son espacios donde las personas aprenden casi sin darse cuenta que pertenecer no depende de impresionar a otros, sino de compartir una vida en común.

La evidencia reciente invita a reconsiderar el valor de estos lugares. Los terceros espacios y las actividades creativas no son un complemento opcional para el desarrollo juvenil, ni un lujo reservado para tiempos de abundancia, son parte de la infraestructura que sostiene el bienestar emocional, fortalece las relaciones y crea oportunidades para que adolescentes y jóvenes desarrollen sus talentos junto a otros.

Quizás uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo no sea únicamente enseñar a las nuevas generaciones a relacionarse mejor, sino volver a construir los lugares donde esas relaciones puedan florecer, porque las comunidades no nacen solo de las buenas intenciones, también necesitan puertas abiertas, tiempo compartido y espacios donde siempre sea posible volver.


Fuentes consultadas

Axios: A loneliness epidemic collides with eroding third places

The Guardian: Young Britons feel disconnected and locked out of creative arts, charity says

 
 
 

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