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Dime cómo están tus amigos y entenderé mejor cómo estás tú

Foto del escritor: Monica Monasterio
Monica Monasterio
12 oct
4 min de lectura

Durante mucho tiempo hemos entendido la salud mental como una realidad individual y por eso nos preguntamos qué siente una persona, qué experiencias ha vivido o qué factores personales explican su sufrimiento. Sin embargo, la adolescencia nos recuerda constantemente que nadie crece aislado y en esta etapa de la vida, gran parte de la identidad, de las emociones y de la manera de interpretar el mundo se construye dentro de las relaciones con otros, por eso, comprender la salud mental juvenil exige mirar no solo al individuo, sino también a las amistades que lo rodean.

Esta idea ha cobrado nueva fuerza gracias a un estudio longitudinal publicado en Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, que siguió la relación entre las redes de amistad y la salud mental desde la adolescencia hasta la adultez. Los investigadores observaron que cuando aumenta el nivel promedio de ánimo depresivo dentro de un grupo de amigos, en los meses siguientes también crece la probabilidad de que sus integrantes presenten síntomas depresivos, ideación e intento suicida. Incluso, un año después, esta asociación de ánimo depresivo e ideación suicida aún se mantenía.

Es importante interpretar estos resultados con prudencia, ya que, los propios autores no sostienen que la depresión o el sufrimiento emocional se "contagien" instantáneamente entre amigos, porque la vida es mucho más compleja que eso, sin embargo, la investigación demuestra que las emociones también se viven en comunidad. Los adolescentes no experimentan el bienestar ni el sufrimiento únicamente desde su mundo interior también lo hacen dentro de las relaciones que sostienen cada día y esta constatación cambia la forma de entender la prevención.

Con frecuencia, cuando un adolescente atraviesa dificultades emocionales, la atención se dirige hacia su familia, su rendimiento académico o el tiempo que pasa frente a las pantallas, todos esos aspectos son importantes, pero pocas veces nos detenemos a preguntar cómo está el grupo de amigos donde transcurre gran parte de su vida.

Las amistades no son simplemente un espacio de recreación, son el lugar donde los adolescentes buscan pertenencia, validación y comprensión y allí aprenden qué emociones pueden expresar, cuáles deben ocultar y cómo interpretar aquello que están viviendo. Cuando dentro de un grupo se instala la desesperanza, el aislamiento o el cinismo como formas habituales de relacionarse, ese clima termina influyendo en cada uno de sus integrantes, pero también ocurre lo contrario, una amistad sana puede convertirse en uno de los factores protectores más poderosos para la salud mental.

Por eso, quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacerle a un adolescente no sea únicamente "¿cómo estás?", sino también "¿cómo están tus amigos?", esta segunda pregunta amplía la mirada y reconoce que el bienestar rara vez depende solo de procesos individuales.

Al mismo tiempo, esta evidencia nos ayuda a comprender mejor el verdadero papel de la amistad, porque existe una diferencia importante entre acompañar y cargar con el sufrimiento de otro, y un amigo puede escuchar, sostener, animar y estar presente, pero no reemplaza el trabajo de un profesional de la salud mental. Esperar que un adolescente resuelva por sí solo el dolor de otro joven no solo es injusto, sino también profundamente desgastante.

Por eso, una de las tareas más importantes consiste en enseñar que cuidar también significa pedir ayuda y guardar silencio nunca debería entenderse como una demostración de lealtad cuando la vida o la salud de un amigo están en riesgo. La amistad madura no consiste en proteger secretos que profundizan el sufrimiento, sino en buscar el apoyo necesario cuando la situación supera las propias capacidades.

Esta perspectiva también debería ayudarnos a evaluar de forma más integral las acciones que desarrollamos con jóvenes, porque tendemos a medir el éxito de nuestros programas observando cuántos asistentes participan en una actividad o cuánto contenido entregamos, sin embargo, quizá una mejor evaluación sea qué tipo de amistades estamos ayudando a construir, porque una comunidad donde existen vínculos de confianza, conversaciones honestas y apoyo mutuo genera una protección que ninguna charla aislada puede ofrecer.

En el fondo, este estudio nos recuerda una verdad sencilla y es que nadie atraviesa la adolescencia completamente solo, cada joven lo hace acompañado por personas que, para bien o para mal, influyen en su manera de comprender la vida, por eso, invertir en amistades saludables no es un complemento opcional dentro de la promoción del bienestar emocional, sino que es una de sus bases más importantes.

Tal vez una lección importante de esta investigación sea que la prevención no comienza cuando aparece una crisis individual, sino mucho antes, cuando ayudamos a construir comunidades donde la esperanza puede compartirse, el sufrimiento puede expresarse sin miedo y pedir ayuda deja de ser un signo de debilidad para convertirse en una expresión de cuidado mutuo. Porque, muchas veces, la diferencia entre un adolescente que enfrenta solo su dolor y otro que logra salir adelante comienza con algo tan sencillo y tan poderoso como una buena amistad.


Fuentes consultadas

Springer: Depressogenic friendship networks in adolescence: longitudinal associations with mental health into adulthood.

 
 
 

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