Pedir ayuda no debería ser el último recurso
Hay una idea que aparece una y otra vez cuando hablamos de salud mental juvenil es que si un adolescente o un joven está sufriendo, debería pedir ayuda y, por supuesto, necesitamos que pueda hacerlo, pero quizás existe una pregunta anterior que pocas veces nos hacemos: ¿se siente lo suficientemente seguro para pedirla?
Esta pregunta importa porque el sufrimiento psicológico no siempre comienza cuando finalmente logramos verlo. Una investigación realizada con 72.288 estudiantes universitarios de primer año, provenientes de 18 países, encontró que muchas de las dificultades relacionadas con pensamientos y conductas suicidas habían comenzado años antes de llegar a la universidad y la edad mediana de inicio de los pensamientos suicidas fue de 15 años y la de los intentos, de 16.
Esto nos invita a mirar la juventud dentro de una historia más amplia. Un joven no llega a la universidad como una hoja en blanco, llega con sus vínculos, experiencias, pérdidas, inseguridades, aprendizajes y también con recursos que ha ido construyendo. Las experiencias adversas durante la infancia se asociaron en este estudio con la aparición y evolución de pensamientos y conductas suicidas. Esto no significa que una experiencia difícil determine el futuro de una persona, pero sí nos recuerda que cuanto antes podamos reconocer y acompañar el sufrimiento, mayores son las oportunidades de ayudar.
Sin embargo, detectar temprano no sirve de mucho si el joven siente que no puede contar lo que le ocurre y aquí aparece El Estigma. A veces no se presenta como una burla evidente, sino como algo mucho más silencioso como pensar que pedir ayuda demuestra debilidad, sentir vergüenza de ir al psicólogo, creer que la ansiedad es falta de carácter o temer que contar lo que estamos viviendo cambie la manera en que los demás nos miran. Durante la adolescencia y la juventud, cuando pertenecer y sentirse aceptado tiene tanta importancia, ese temor puede convertirse en una barrera muy poderosa, por esto, un joven puede saber que necesita ayuda y, aun así, permanecer en silencio.
La buena noticia es que esta barrera puede cambiar. Una revisión sistemática publicada en JAMA Network Open, que analizó 97 estudios con 43.852 jóvenes entre 10 y 24 años, encontró que las intervenciones destinadas a reducir el estigma pueden mejorar los conocimientos, las actitudes y algunos comportamientos relacionados con la salud mental. Los resultados fueron especialmente interesantes cuando estas intervenciones incluían el contacto con personas que habían vivido experiencias de salud mental, mostrando que conocer historias reales puede ayudar a transformar la manera en que entendemos el sufrimiento.
Esto nos entrega una enseñanza importante: no basta con decirles a los jóvenes que pedir ayuda está bien, también necesitamos construir ambientes donde realmente se sienta bien hacerlo.
Si un adolescente escucha que la salud mental es importante, pero observa que sus compañeros se burlan de quien va al psicólogo, aprenderá una lección diferente, si una familia dice estar disponible para escuchar, pero responde con enojo o minimización cuando aparece la vulnerabilidad, probablemente el joven elegirá callar y si una comunidad solo comienza a prestar atención cuando la situación se convierte en una crisis, quizá estamos perdiendo oportunidades valiosas de acompañar mucho antes.
Por eso, la prevención comienza en los pequeños momentos cotidianos: en una conversación en la que alguien puede decir “no estoy bien” sin sentirse juzgado, en un adulto que nota un cambio y pregunta con cariño, en un profesor que no interpreta inmediatamente el aislamiento como desinterés, en una familia que aprende a escuchar antes de corregir y en comunidades donde hablar de salud mental no convierte a nadie en menos valioso.
Esto tampoco significa que los padres, profesores, amigos o líderes juveniles debamos convertirnos en terapeutas porque nuestro papel puede ser mucho más sencillo: estar atentos, abrir la puerta y ayudar a encontrar el apoyo adecuado cuando sea necesario.
Quizás, entonces, necesitamos cambiar la pregunta “¿por qué no pidió ayuda?”, por otra “¿qué estamos haciendo para que pedirla sea posible?”
Porque un joven no necesita solamente saber dónde encontrar ayuda, necesita sentir que, cuando decida hablar, seguirá perteneciendo, que su historia será escuchada y no reducida a un diagnóstico, que su sufrimiento no lo hace menos valioso y que no tendrá que cargarlo completamente solo.
La prevención no significa conseguir que nuestros jóvenes nunca sufran, significa construir vínculos y comunidades donde, cuando el sufrimiento aparezca, exista alguien suficientemente cerca para notarlo y un lugar suficientemente seguro para poder hablar de él.
Fuentes consultadas
Lillo, I., Crockett, M. A., Errázuriz, A., & Martínez, V. (2025). Co-ocurrencia de problemas de salud mental en estudiantes universitarios y su relación con variables sociodemográficas. Revista Médica de Chile, 153(7), 505–516. https://doi.org/10.4067/S0034-98872025000700505

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