No todo empieza con una crisis: lo que la historia de un joven puede estar diciendo
Hay conversaciones que, como adultos, muchas veces comenzamos demasiado tarde y una de ellas es la que ocurre cuando un joven ya está en la universidad, cuando las exigencias aumentan, las relaciones cambian y muchas de las dificultades que comenzaron años antes pueden hacerse más visibles. Para entonces, algunas señales quizá llevan mucho tiempo presentes.
La investigación reciente nos invita a mirar la salud mental juvenil con una perspectiva más amplia, ya no se trata solamente de preguntarnos qué le está ocurriendo hoy a un joven, sino también de comprender que su bienestar se construye a lo largo del tiempo y que las experiencias vividas durante la infancia y la adolescencia pueden formar parte de esa historia.
Un amplio estudio publicado en Psychiatry Research analizó a 72.288 estudiantes universitarios de primer año, provenientes de 71 universidades en 18 países, incluido Chile. Los investigadores buscaron comprender cómo las experiencias adversas durante la infancia y distintos problemas de salud mental se relacionaban con la aparición, evolución y persistencia de pensamientos y conductas suicidas.
Los resultados muestran que el 47% de los estudiantes participantes informó haber experimentado pensamientos suicidas alguna vez en su vida, el 26% había tenido un plan suicida y el 9,6% había realizado un intento y la edad media en que aparecieron por primera vez los pensamientos suicidas fue de 15 años.
Estas cifras no significan que la universidad sea necesariamente el origen del problema, más bien, una de las conclusiones del estudio es que algunas de las dificultades que se manifiestan durante la juventud pueden haber comenzado mucho antes. Esto nos recuerda el valor de observar el desarrollo emocional de los jóvenes de manera continua, sin esperar a que lleguen a una etapa posterior para preguntarnos cómo han estado realmente.
La investigación encontró asociaciones entre determinadas experiencias adversas durante la infancia, como el maltrato físico y emocional, el abuso sexual, la negligencia y la presencia de problemas graves de salud mental o consumo de sustancias en los padres o cuidadores, y la aparición posterior de pensamientos suicidas. Entre estos factores, el maltrato emocional fue uno de los que mostró una asociación más fuerte con el inicio de la ideación suicida, incluso al considerar conjuntamente las otras variables estudiadas.
Este hallazgo puede resultar difícil de abordar, especialmente porque nos lleva a hablar de experiencias que pueden ocurrir dentro de espacios que deberían ser lugares de protección. Pero quizá precisamente por eso sea importante hablar de ellas con cuidado y sin convertir la conversación en un juicio porque reconocer que determinadas experiencias pueden afectar profundamente a un niño o adolescente no significa señalar culpables ni asumir que una familia está destinada a fracasar, significa comprender que el bienestar emocional también depende de cómo se sienten los jóvenes dentro de sus relaciones más cercanas y que, cuando existen dificultades, reconocerlas a tiempo puede abrir posibilidades de ayuda.
Además, cuando hablamos de maltrato emocional, no siempre estamos frente a situaciones evidentes, puede manifestarse de maneras que pasan desapercibidas como humillaciones frecuentes, descalificaciones, desprecio, amenazas, una exigencia constante de ser diferente o la sensación persistente de que las propias emociones no tienen lugar. No toda dificultad familiar constituye maltrato, y una experiencia dolorosa tampoco determina por sí sola el futuro de una persona, sin embargo, aprender a reconocer estas señales puede ayudarnos a prestar atención cuando un niño o adolescente comienza a mostrar cambios que no logramos comprender.
Esta mirada resulta importante porque los jóvenes no siempre cuentan espontáneamente lo que están viviendo, a veces el sufrimiento aparece primero como irritabilidad, aislamiento, cambios en el rendimiento, pérdida de interés, dificultades para dormir, conflictos frecuentes o una sensación de desconexión que puede confundirse fácilmente con “cosas de la edad” y ninguna de estas señales, por sí sola, permite concluir qué está ocurriendo. Pero un cambio persistente merece curiosidad, conversación y, cuando sea necesario, apoyo.
Aquí la prevención adquiere un significado distinto porque no consiste únicamente en saber qué hacer cuando aparece una crisis, sino también en construir relaciones en las que sea más probable que un joven hable antes de llegar a ella. La familia, la escuela, la universidad, las comunidades de fe, los grupos de amigos y las organizaciones juveniles pueden convertirse en espacios donde un adolescente encuentre a alguien dispuesto a escuchar sin ridiculizar, minimizar o apresurarse a entregar respuestas.
Esto tampoco significa convertir a padres, profesores o amigos en terapeutas porque su papel puede ser mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente importante: notar, preguntar, escuchar y acompañar hacia la ayuda adecuada. A veces una conversación puede comenzar simplemente con un “te he notado diferente, ¿cómo estás?” o “si hay algo que te está costando, puedes hablar conmigo”, no siempre sabremos qué decir, pero podemos ayudar a que el joven no tenga que enfrentar solo aquello que todavía no sabe cómo expresar.
Cuando existen señales persistentes de sufrimiento, pensamientos relacionados con la muerte, autolesiones o un deterioro importante de la vida cotidiana, es especialmente importante buscar apoyo de adultos de confianza y de profesionales capacitados. Pedir ayuda tempranamente no significa exagerar una situación ni etiquetar a un joven, significa reconocer que algunas dificultades requieren acompañamiento especializado y que intervenir antes puede ser una oportunidad para cuidar mejor.
Quizás una de las enseñanzas más valiosas de esta investigación sea precisamente esta: la prevención comienza mucho antes de que podamos ver una crisis, comienza cuando prestamos atención a las historias que los jóvenes traen consigo, cuando aprendemos a reconocer cambios sin apresurarnos a juzgarlos y cuando construimos vínculos donde pedir ayuda no sea vivido como una señal de debilidad.
No podemos cambiar todo lo que un niño o adolescente ha vivido, tampoco podemos garantizar que una experiencia difícil no tendrá consecuencias, pero sí podemos decidir qué hacemos cuando comenzamos a notar que algo no está bien. Podemos preguntar antes, escuchar mejor y acercar ayuda cuando todavía hay tiempo para hacerlo.
Cuidar la salud mental de una generación no significa tener todas las respuestas, a veces comienza solo con estar suficientemente cerca para notar que alguien está sufriendo y suficientemente disponibles para no dejarlo solo con ese sufrimiento.
Fuentes consultadas
Mortier, P. et al. The associations of childhood adversities and mental disorders with suicidal thoughts and behaviors – Results from the World Mental Health International College Student Initiative, Psychiatry Research, 350 (2025), 116555.

Comentarios