Universitarios al límite: lo que sus dificultades están diciendo
Entrar a la universidad suele imaginarse como el comienzo de una etapa llena de oportunidades: nuevas amistades, independencia, proyectos y la posibilidad de comenzar a construir el futuro, pero también puede ser un período de mucha exigencia. A las responsabilidades académicas se suman, para algunos jóvenes, preocupaciones económicas, cambios en sus relaciones, incertidumbre y, en algunos casos, la necesidad de estudiar y trabajar al mismo tiempo.
En medio de todo esto, hay algo que quizás necesitamos aprender a mirar con más atención: los problemas de salud mental no siempre aparecen solos.
Un estudio publicado en la Revista Médica de Chile analizó a 1.470 estudiantes universitarios de una universidad pública de la Región Metropolitana, con una edad promedio de 19,7 años. Los investigadores observaron síntomas de depresión, ansiedad generalizada y riesgo de consumo problemático de sustancias. El 69,6% presentó síntomas depresivos moderados a graves, el 46,9% síntomas moderados a graves de ansiedad generalizada y el 52,5% mostró riesgo de consumo problemático de alguna sustancia. Pero quizás el dato más interesante es que el 58,6% presentó indicadores positivos para dos o más de los problemas evaluados.
Esto nos invita a ampliar nuestra mirada porque un joven que parece ansioso puede estar viviendo también tristeza, agotamiento, dificultades económicas o problemas con el consumo de sustancias y esas experiencias pueden estar relacionadas entre sí. La ansiedad puede afectar el sueño y la concentración; el agotamiento puede dificultar los estudios; una sustancia puede comenzar a utilizarse como una forma de aliviar lo que se siente y terminar generando nuevas dificultades, no siempre existe una sola causa ni una sola puerta de entrada al sufrimiento. Por eso, acompañar a un joven requiere mirar un poco más allá de aquello que vemos primero.
El estudio también encontró una asociación entre la presencia de varios problemas y determinadas condiciones socioeconómicas. Los estudiantes de nivel socioeconómico medio y bajo presentaron mayores probabilidades de experimentar problemas asociados que aquellos de nivel socioeconómico alto. Asimismo, quienes estudiaban y trabajaban mostraron una mayor probabilidad de presentar dos o tres de los problemas evaluados.
Detrás de estas cifras hay algo profundamente humano que no deberíamos olvidar: no todos los jóvenes están intentando construir su futuro desde el mismo lugar.
Para algunos, estudiar significa principalmente aprender y prepararse para una profesión, para otros, significa además trabajar, ayudar económicamente a su familia, recorrer largas distancias o intentar compatibilizar responsabilidades que muchas veces dejan muy poco espacio para descansar. La salud mental no ocurre separada de estas circunstancias y el joven que tenemos delante también carga con su historia, sus relaciones, sus preocupaciones y las condiciones en las que está intentando salir adelante.
Esto no significa que debamos convertir cada dificultad en un problema de salud mental ni asumir que conocemos lo que le ocurre a un joven, solo significa: estar atentos.
A veces una señal puede parecer pequeña, un estudiante que comienza a faltar a clases, que baja repentinamente su rendimiento, que se aleja de sus amigos o que parece constantemente agotado no necesariamente está atravesando un problema de salud mental, pero esos cambios pueden ser una buena razón para acercarnos y preguntar cómo está.
Quizás podamos empezar a hacer preguntas diferentes “¿Cómo estás realmente?”, “¿Estás pudiendo descansar?”, “¿Te estás sintiendo sobrepasado?”, “¿Con quién estás hablando cuando algo te preocupa?”, y además tener la humildad de reconocer que algunas situaciones necesitan el apoyo de un profesional, se trata de que padres, profesores, amigos o líderes seamos personas que un joven pueda encontrar a su alrededor, personas que sepamos notar, escuchar y acompañar.
Porque quizás una de las enseñanzas más importantes de esta investigación no está solamente en las cifras, sino en la invitación a mirar el cuadro completo, porque un joven no es solamente sus notas, su rendimiento, su conducta o aquello que podemos observar desde fuera. A veces, detrás de una dificultad visible hay otras que todavía no han encontrado palabras.
Cuidar la salud mental juvenil también significa eso: aprender a acercarnos antes, preguntar con cariño, escuchar sin juzgar y ayudar a buscar apoyo cuando sea necesario. No podemos resolver por ellos todo lo que están viviendo, pero sí podemos procurar que no tengan que atravesarlo solos.
La investigación chilena nos recuerda que la depresión, la ansiedad, el consumo problemático y las dificultades de la vida pueden encontrarse en una misma historia. Por eso, quizás la mejor forma de acompañar a nuestros jóvenes no sea mirar solamente qué problema tienen, sino preguntarnos cómo podemos estar más cerca de la persona que está detrás de ese problema.
Fuentes consultadas
Lillo, I., Crockett, M. A., Errázuriz, A. y Martínez, V. Co-ocurrencia de problemas de salud mental en estudiantes universitarios y su relación con variables sociodemográficas. Revista Médica de Chile, 2025, 153(7), 505–516.

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